Éste es el primer relato que cuelgo en este blog.
En realidad, se trata de un relato que tengo colgado en mi blog "El blog de una chica del siglo XIX", que tengo en mi otra cuenta.
Es una historia que transcurre en la Prehistoria (valga la redundancia) y tiene como protagonista a un grupo de austraolipitecos.
Se centra en una hembra de australopiteco. Es una hembra con las ideas muy claras.
Deseo de corazón que os guste.
Se titula Camino del Norte.
LLANURA
AFRICANA, HACE 3.900.000 DE AÑOS
La comida seguía escaseando. La
sabana estaba desapareciendo. El agua estaba también desapareciendo. El viaje
interminable seguía su curso. Pero no sabían adónde ir.
Tenían que seguir caminando.
Casualidades de la vida, el viaje
proseguía en dirección al Norte.
Quizás ellos podían averiguar qué
había allí.
Quizás, su futuro estaba allí. No
podían quedarse en la llanura por más tiempo. Acabarían muriendo.
Debían de sobrevivir. Debían de
pensar en su futuro. Debían de buscar comida. Debían de buscar agua. Ellos así
lo sentían. Debían de pensar en sobrevivir.
Sólo podían esperar una cosa de
allí. Comida. Mejor dicho, dos cosas. Comida y agua.
Los miembros del clan estaban
cambiando.
Iban adaptándose a los cambios que
se estaban produciendo en el ambiente. Caminaban cada vez más erguidos. Casi
sin darse cuenta estaban evolucionando. Se parecían cada vez menos a los
primates. Empezaban a parecerse más a los actuales homo sapiens.
A nosotros.
Pero la evolución es un proceso
lento. De momento, tenían que seguir viajando cada vez más hacia el Norte. Sin
detenerse apenas. Buscar alimento y agua era su prioridad. Si se quedaban,
morirían de hambre y de sed.
Tenían que abandonar la tierra que
les había visto nacer muchas generaciones antes.
Pasaron millones de años.
Los homínidos habitaron los bosques
y las montañas. Al mismo tiempo, su aspecto fue variando. Iban evolucionando
para adaptarse mejor al medio cambiante en el que vivían.
Primero, apareció el australopiteco.
Llegó a convivir con el Homo habilis.
Pero los australopitecos sólo
llegaron a vivir en África. No se atrevieron a iniciar el viaje hacia Europa y
Asia.
El australopiteco vio cómo el
hábitat cambiaba. Los ríos eran cada vez más secos. Los árboles morían. Los
animales también morían. Vieron cómo bosques antaño frondosos se convertían
poco a poco en desiertos.
Los australopitecos eran bípedos. Se
habían acostumbrado a caminar sobre sus dos piernas. Todavía hacían vida en los
árboles. Pero pasaban la mayor parte del tiempo en el suelo. No sabían tallar
la piedra. Se defendían a pedradas de un posible ataque. O salían corriendo.
Eran seres que se parecían mucho a los monos.
Como los tumai y los orrorin,
satisfacían únicamente sus necesidades más básicas. Comer…Desahogarse con una
hembra…
Los australopitecos eran carroñeros.
Comían la carne de los animales muertos. Se enfrentaban con las hienas y con
los buitres por los restos de un león muerto en estado de descomposición.
Sabían nadar.
El australopiteco se dividía en dos
grupos.
El robusto pesaba de 45 a 50 kilos.
El grácil pesaba la mitad.
Vivía en la sabana.
Aprendió a cruzar los ríos a nado.
Convivía con la muerte con total naturalidad. Tardaba poco tiempo en olvidar
los sucesos acontecidos. Como la muerte de un miembro del grupo. Vivía el día a
día. Y lo hacía con mucha intensidad.
Los australopitecos aparecieron hace
4.000.000 millones de años.
El Australopiteco vivía en las zonas
tropicales de África. Se alimentaba de hojas y de frutos. Su cerebro era
similar al de los grandes simios actuales.
Su vida era una constante huida de
los depredadores. Las piedras eran su arma de defensa. Correr era su única
válvula de escape posible. Tenían que viajar lo más lejos posible en busca de
comida.
Se dice que un espécimen de
australopiteco fue el primero, antes que el Homo habilis, en fabricar
herramientas.
Debieron de probar la carne.
Posiblemente, comieron carne de antílope. No encontraban ni hojas ni frutos ni
árboles porque habían desaparecido. Y descubrieron que la carne les alimentaba.
Lascas…Cantos tallados…Eran algunas
de las herramientas que fabricaban toscamente los australopitecos. Usaban
rudimentariamente aquellas herramientas para cortar la carne.
En época de escasez, se alimentaban
de otras cosas. Semillas…Frutos…Otras hojas más blandas…
Pasaban mucho tiempo en el suelo.
Sólo subían a los árboles para dormir. Y para ponerse a salvo de las bestias
que habitaban en la selva. Pero la selva parecía estar desapareciendo.
No eran conscientes de algunos
detalles. Como que la selva y la sabana estaban desapareciendo. Y que él mismo
estaba condenado a desaparecer con ella.
Desaparecer…Evolucionar…
Y evolucionaron. Fue un proceso
lento. Como la desertización.
Se oyó un grito en toda la llanura y
el grupo de australopitecos salieron corriendo de allí. Habían encontrado el
cuerpo sin vida de uno de ellos. Un leopardo lo había matado instantes antes.
Los buitres no tardaron en
congregarse alrededor de lo que quedaba del australopiteco. Los demás salieron
corriendo. Muchos de ellos morían de aquella forma.
Todo
esto desaparecerá.
La
hembra de australopiteco despertó. Aquel pensamiento la asustó. Dormía en el
suelo. Al aire libre. En la distancia, creía oír unos sonidos que la asustaban.
Pero había crecido escuchándolos. El rugido de un león…Los graznidos de los
buitres…El siseo de las serpientes…La risa histérica de las hienas…
Su compañero se acercó a ella.
Pretendía copular. La hembra se puso de rodillas. Se dejó hacer. Pero estaba
pensativa. La sabana estaba desapareciendo. Antes, había más plantas. Más
animales…¿Qué era lo que veía ahora? Nada. Todo estaba desapareciendo.
El macho se apartó de ella apenas se
hubo desahogado. La hembra se sentó en el suelo y miró el paisaje que la
rodeaba. ¿Cuándo fue la última vez que comió algo?, se preguntó. ¿El día antes?
Aquella mañana no había comido nada. Intentó hacer memoria. ¿Cuándo había
comido? No lo recordaba. No…Hacía más…Tenía sed. Pero no había una charca a la
vista. ¿Cuándo fue la última vez que bebió agua? Tampoco lo recordaba.
Se estremeció de frío.
Algo no iba bien, pensó.
Su estómago rugió. Tenía mucha
hambre. Buscó hormigas que llevarse a la boca por el suelo sin ningún éxito.
La hembra se frotó los brazos en un
intento por entrar en calor porque temblaba de frío. ¿Cómo podía desaparecer la
sabana? Era imposible. La sabana lo era todo para ella. Su hogar…No…Eso no iba
a pasar. Era imposible.
Un día, mientras estaban descansando, uno de los
australopitecos más jóvenes vio como una pareja estaba charlando de manera
animada. En un momento dado, el joven australopiteco se inclinó hacia su
compañera y le lamió la mejilla. El gesto pareció animar mucho a la hembra.
Se empezaban a forjar lazos. Lazos que no tenían nombre. Pero que parecían
salir del corazón.
Al cabo de un rato, la joven australopiteco decidida a ir al Norte se reunió
con él y se sentó a la sombra del árbol donde él estaba desde hacia un largo
rato.
Empezaron a hablar. Ella tenía las ideas muy claras.
Más allá de aquel lugar había algo más. Si se quedaban allí, todo acabaría para
ellos. Estaba decidido. Era el momento de emprender el viaje. Irían al Norte.
No sabía lo que les aguardaba. Pero era mucho mejor que quedarse allí. Y
esperar. ¿Qué iban a esperar? La muerte…La nada…La desolación…
-Si nos
quedamos aquí, moriremos.
-Podríamos
morir si seguimos con este viaje.
-No me da
miedo morir. Lo prefiero a quedarme aquí. No hay nada. Los ríos se están
secando.
-El agua de
lluvia hará que vuelvan a llenarse. Tiene que llover antes o después.
-No lloverá.
La lluvia se ha ido.
-Estás cansada
y hablas así por eso.
-Es la verdad.
-No sé qué
pensar.
Pero ella estaba allí. Eso era lo
único real para el joven australopiteco. La presencia de aquella hembra llena
de determinación…
-Eres muy
valiente.
-No soy
valiente. Estoy aterrada.
-No lo parece.
-Soy buena
disimulando. Pero tengo mucho miedo.
En un momento dado, el joven
australopiteco se inclinó y lamió la mejilla de la joven hembra. Era un gesto
de cariño. Pero también era un gesto que indicaba deseo. La joven hembra lo
entendió. El deseo calmaba los nervios. Se colocó en posición. Accedió a copular
con él. Lo último que quería hacer era seguir pensando en el viaje. En el
Norte…En lo que podían encontrar si se dirigían allí.
Ríos repletos de agua…Carroña por todas partes…Árboles verdes y sanos…Insectos…
La copula apenas duró. La joven hembra se recostó de una manera que al macho
australopiteco le pareció muy sensual contra el tronco del árbol y ella le miró
durante largo rato con los ojos entornados.
-El Norte…
-Después de
eso, no hay nada.
-Te equivocas.
-¿A qué te
refieres?
-Debe de haber
algo. Lo intuyo. Estamos haciendo lo correcto.
-Abandonar
este lugar.
-Hemos nacido
aquí.
-No nacimos
aquí.
-Hemos pasado
toda nuestra vida viajando. Me pregunto si sirve de algo viajar tanto.
-Hemos de
buscar comida. Un refugio…La comida se acaba.
-¿Crees que
todo irá bien?
-Todo irá bien.
La hembra australopiteco suspiró. Quería pensar en que todo iría bien. Tenía
muchas dudas.
Alzó la vista en dirección al Norte. Muy pronto…Estaría allí.
Los dos se sintieron más unidos que nunca.
Por lo menos, no estarían solos. Podían afrontar juntos cualquier problema.
¿Cualquier problema? No sabía qué podía haber en ese lugar. Animales
salvajes…Ríos secos…Lo mismo que había allí.
No importaba. Valía la pena intentar emprender aquel viaje. Quedarse allí y
sufrir. O viajar y descubrir el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario